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miércoles, 7 de julio de 2010

Olvido García Valdés

Poeta, ensayista y traductora, Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias, 1950) es licenciada en Filología Románica por la Universidad de Oviedo, y en Filosofía por la Universidad de Valladolid. Catedrática de Literatura, actualmente reside en Toledo.

Junto a su trabajo de creación, ha llevado a cabo una amplia labor crítica en diversas publicaciones. De su íntima relación con el arte, de la que es muestra una obra poética que busca apoyo material y concreto en la pintura, nacen también los textos redactados para importantes catálogos y muestras de arte (Kiefer, Fernández Molina, Tàpies, Zush, Broto, Juan Soriano, Bienal de Venecia 2001, Luis Costillo o Vicente Rojo).

Es co-directora de la revista Los Infolios desde 1987 y miembro del consejo editor de Hablar/Falar de Poesia desde su creación en 1996; asimismo fue miembro fundador de la revista El signo del gorrión, a cuyo consejo de redacción perteneció durante sus diez años de existencia. Sus poemas han sido recogidos, entre otras, en antologías como La prueba del nueve (ed. Antonio Ortega, Madrid, Cátedra, 1994); Ellas tienen la palabra (eds. Noni Benegas y Jesús Munárriz, Madrid, Hiperión, 1997); Antología de poesía española (1975-1995) (ed. José Enrique Martínez, Madrid, Castalia, 1997); El último tercio de siglo, 1968-1998. Antología consultada de la poesía española (Madrid, Visor, 1998); Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000) (eds. Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, José Ángel Valente y Blanca Varela, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2002) y La vida escrita por las mujeres. Obras y autoras de la literatura hispánica e hispanoamericana, vol. IV: Lo mío es escribir. Siglo XX (AA. VV. bajo la dirección de Anna Caballé, Barcelona, Círculo de Lectores, 2003).

Ya desde sus dos primeros libros —El tercer jardín (1986) y Exposición (1990)—, se hace evidente una escritura que busca un modo preciso de expresión, un modo de estar en el mundo, un habla capaz de dar cuenta de una existencia tan extraña como necesaria.

Así lo reclama el título de su segundo libro, donde con firmeza y decisión extremadas establece su personal modo de exponerse: mostrar, y a la vez, correr el riesgo, ese que nace de su compromiso material con la realidad, pues finalmente «se percibe lo que se es». El poema entendido entonces como lugar, como un espacio donde es posible tejer lo emocional y lo lingüístico. Y es esa conciencia extraña e inquieta la que hace posible el pensamiento y el sentido, creando así un modo de conocer y conocernos en la conciencia de la expresión.

En todos sus libros, algo que se hace más seguro a partir de ella, los pájaros (1994), se siguen las insistencias de un relato que, en constante progreso, amplía, perfecciona y profundiza en los saberes y formas de lo propio, en la sustancia y la consistencia de las cosas. Un relato compuesto de secuencias y estampas que dan cuenta de la memoria, del origen y de la infancia, del cuerpo y de la muerte, de la enfermedad, del paso y del peso del tiempo y del espacio, de la existencia del mundo. Y lo hace a través de una percepción fragmentaria, escindida, capaz de provocar una seducción formal que brota, precisamente, de esa sucesión de fragmentos y series interrumpidas que templan lo emotivo, que se adelantan a lo accesorio imponiendo la distancia de la escritura. Poemas que logran su forma así, únicamente en la distancia, pues sólo así, desde lejos, se llega a lo interior, y sólo desde los paisajes exteriores es posible penetrar en lo íntimo y propio: esa es su intensidad, la percibida a través de la yuxtaposición, del montaje natural de la realidad, del ritmo literal de la sintaxis.

Esa percepción escindida se inscribe, en caza nocturna (1997), y luego en Del ojo al hueso (2001), en el proceso mismo de un pensamiento que busca su apoyo en las formas, pues hasta «la muerte es una forma», y que sabe de la esencia de su materialidad. Los poemas avanzan hacia su propio y silencioso espacio, y quieren la cercanía del cuerpo, una interioridad repleta de exteriores, de nombres y de cosas: «nombrar mas no decir». Por eso el despojamiento formal, ese decir con lo menos posible que es el alimento de su voz. La muerte, como la vida, es una presencia visible.

El pensamiento crece por extensión, ese atributo propio del cuerpo. El alma y el cuerpo se realizan a cada instante en el movimiento de la existencia, son formas de vida. Esa especie de serenidad expectante es la que toma cuerpo en Y todos estábamos vivos (2006), en su afilada ternura, en los ecos de una muerte que son ecos de vida. Su inflamada percepción es el modo de la conciencia que explora los límites, de la noche y de la luz. Y en la intensidad de la distancia, es tan real la imagen como lo real. En la intransitiva raíz del alma y de la vida, está su fe material en el pensamiento del corazón y el movimiento del mundo.

Con Y todos estábamos vivos recibió el Premio Nacional de Poesía 2007.

Información obtenida de Cervantes Virtual

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Verde

Verde. Las hojas de geranio
en la luz gris de la tormenta
tiemblan, tensión
de nervadura verde oscuro.
Te mirabas las manos,
nervadura de venas; si los dedos
fueran deliciosos, decías.
Al caminar
apoyaba mi sien contra la tuya
y en la noche escuchaba
el ruiseñor y el graznido
del pavo. Indiferencia
de todo, oscuridad.
Me llamabas con voz muy baja.
Sólo un día reíste.

De "Ella, los pájaros", 1994

Olvido García Valdés




Tras el cristal

Tras el cristal, se desconoce
el cuerpo, como un hijo
que crece, como si jugara
y de pronto fuera desconocido.
Coloca entonces
tu mano en el estómago,
la palma abierta, y respira
profundo. Al fin somos culpables
de quien muere, y también
de vivir. Barrios
se hacen poblados peligrosos
por la noche, hay humaredas,
rostros cetrinos junto a fuegos.

De "Ella, los pájaros" 1993

Olvido García Valdés



Te busco por las calles...

te busco por las calles
de casas en ruinas y olor acre,
no hay timbres ni nombres;
te encuentro y me miras
pequeño y envejecido, no eres tú,
te pones un sombrero rayado
de ala vuelta y mínima, te vas

De "Ella, los pájaros" 1993

Olvido García Valdés



Recordar este sábado...

Recordar este sábado:
las tumbas excavadas en la roca,
en semicírculos, mirando
hacia el este,
y la puerta de la muralla abierta
a campos roturados, al silencio
y la luz del oeste. Necesito
los ojos de los lobos
para ver. O el amor y su contacto
extremo, ese filo,
una intimidad sólo formulable
con distancia, con una despiedad
cargada de cuidado.
Así, aquella nota, reconocer en ella
la costumbre antropófaga, un hombre come
una mujer, reconocer
también la carne en carne
viva, los ojos y su atención extrema,
el tiempo y lo que ocurrió.
Alguien lo dijo de otro modo: creí
que éramos infelices muchas veces; ahora
la miseria parece que era sólo un aspecto
de nuestra felicidad. La dicha
no eleva sino cae
como una lluvia mansa. Recordar
aquel sábado en febrero
tan semejante a éste de noviembre.
Cerrar los ojos. Fatigarse subiendo,
tú sin voz,
con un cuaderno en el que anotas
lo que quieres decir.
La no materialidad de las palabras
nos da calor y extrañeza, mano
que aprieta el hombro,
aliento cálido sobre el jersey.
Para el resecamiento un aljibe de agua,
los ojos de los lobos
para ver. El contexto
es todo, transparente
aire frío. Aproximadamente así:
campesinos del Tíbet
sentados en el suelo, en semicírculos,
aprendiendo a leer al final del invierno,
cuando el trabajo es poco, se trata
de una foto reciente, están
muy abrigados; o una paliza
de una violencia extrema
a un muchacho, y que el tiempo
pase, que cure, como una foto antigua.
Tres mariposas, a la luz de la lámpara,
han venido al cristal.

De "Caza nocturna" 1997

Olvido García Valdés




Otro país, otro paisaje...

Otro país, otro paisaje,
otra ciudad.
Un lugar desconocido
y un cuerpo desconocido,
tu propio cuerpo, extraño
camino que conduce
directamente al miedo.
El cuerpo como otro,
y otro paisaje, otra ciudad;
atardecer ante las piedras
más dulcemente hermosas
que has visto,
piedras de miel como luz.

De "El tercer jardín" 1986

Olvido García Valdés



Nadaba por el agua transparente...

Nadaba por el agua transparente
en el hondo, y pescaba gozoso
con un pequeño arpón peces brillantes,
amigos, moteados.
Aquella agua tan densa, nadar
como un gran pez; vosotros,
dijo, me esperabais en casa.
Pensé entonces en Klee
en la dorada. Ahora leo:
estas roto y tus sueños
se cuelan en tu vida, esa sensación
de realidad es muy fuerte; estas pastillas
te ayudarán.
Dorado pez,
dorada de los abismos, destellos
en lo hondo. Un sueño subterráneo
nos recorre, nos reune,
nacemos y morirnos, mas se repite
el sueño y queda el pez,
su densidad, la transparencia.

(Antonio Gamoneda, Jerónimo Salvador )

De "Caza nocturna" 1997

Olvido García Valdés



A Miguel

Te habías quedado todo el día
allí, de pie, mirando las montañas,
y era, dijiste, alimento
para los ojos, corazón
quebrantado. Yo pasaba, parece,
en el atardecer,
andando en bicicleta por un sendero.
Lo cuentas y quedo contemplándolo
con esperanza, una buena esperanza
nodriza de la vejez. Yo lo llamo
dulzura, la música dulzura que conforta
o hidrata la aspereza. Algunos niños
cercanos al autismo, cuando crecen,
imprimen o padecen movimiento
constante, un ritmo de hombros
ajeno a cualquier música, latido,
circulatoria sangre propia, sin contacto.
Sólo a veces sus ojos buscan
engañosamente; no hay dulzura
ni aspereza, un sonido
interior los envuelve, sangre roja.
Contemplo las montañas de tu sueño,
busco en ellas tus ojos.
Y escruto, sin embargo, el corazón,
las junturas y médula, los sentimientos
y pensamientos del corazón. Nada hidrata.
Nada amortigua. Escrutar es áspero
y no lame. Las horas últimas
de la vigilia: sabia
la disciplina monacal que impone
levantarse a maitines. Enjugar,
sostener, confortar: mirar la noche.
Volver al corazón. Entonces ya la música
es azul, azul es la dulzura. Pedir.

De "Caza nocturna" 1997

Olvido García Valdés



Al salir a la calle, sobre los plátanos...

Al salir a la calle, sobre los plátanos,
muy por encima y por detrás de sus hojas
doradas y crujientes, el cielo, muy por encima
azul, intenso y transparente de la helada.
A cuatro bajo cero se respira
el aire como si fuera el cielo
que es el aire lo que se respirara.
Corta y se expande y un instante
rebrota antes de herir. Ritmos
de la respiración y el cielo, uno
lugar del otro, volumen
que quien respira retrajera, puro
estar del mundo en el frío,
de un color azul que nadie viera, intenso,
que nadie desde ningún lugar mirara,
aire o cielo no para respirar.

De "Del ojo al hueso" 2001

Olvido García Valdés



Conozco una pareja de cuervos...

Conozco una pareja de cuervos, sé que tienen
un tiempo semejante al de los hombres
para vivir; podría visitarlos,
pasear juntos
hasta los sauces de la orilla.
Hoy he hablado con alguien por quien sentí afecto,
le encontré satisfecho y próspero;
su enemigo murió. La muerte
siempre es de frío.

De "Ella, los pájaros" 1993

Olvido García Valdés



Deslumbra el cielo...

Deslumbra el cielo
si mira fijamente
contra él una flor,
se hace negra y deslumbra.
No habla. Porque son inherentes
al hablar el oír
y el callar. Mira: tomates,
hojas, tallo, tierra. El cielo
es una bóveda, finito
mundo azul sobre el mundo,
los tomates son rojos.

De "Caza nocturna" 1997

Olvido García Valdés



El recorrido del sol cuando cae...

el recorrido del sol cuando cae
la noche, el recorrido
de la noche, hacia dónde
va llegando, mirar
lo conocido como signos
que son y ya no son, un aceite
de estar, representar
su hueco,
desplazados miramos
como si fueran los otros
siempre a estar ahí y de
pronto no están o no estuvieran

De "Y todos estábamos vivos"

Olvido García Valdés



El rey Cophetua y la muchacha mendiga

Burne-Jones

Ella tiene los pies como Marilyn Monroe
y una tierna
indefensión en los hombros.
Están en una sala y la ventana
descorre sus cortinas a un atardecer
boscoso,
pero es como si fuera
una esfera
de cristal. No se miran.
Él la mira a ella. Ella a lo lejos.
Hace ya mucho tiempo que él la había soñado
como un aire
de cigüeñas, una luz,
y ahora estaba allí.
Tantas vidas que no parecen ciertas
en una sola vida.
Campanillas azules en la mano.
Él sabe que se irá. No hablan
y el momento está lleno de voz,
voz acunada, lejana.
El amor es una enfermedad,
campanillas azules. Siempre en ti,
como en el sueño, volviendo
siempre en ti. Tan incierta
la luz. Como en el sueño.

De "Exposición" 1979

Olvido García Valdés



Escribir el miedo es escribir...

escribir el miedo es escribir
despacio, con letra
pequeña y líneas separadas,
describir lo próximo, los humores,
la próxima inocencia
de lo vivo, las familiares
dependencias carnosas, la piel
sonrosada, sanguínea, las venas,
venillas, capilares

De "Caza nocturna" 1997

Olvido García Valdés




Éste es un ejemplo: se trata de una imagen...

Éste es un ejemplo: se trata de una imagen
del XIII (el XIII con su cúpula), una Virgen
sentada en el jardín, altiva y sola (la única
que yo conozca en su especie). Observen
en el prado las flores esmaltadas,
las hojas, el azul ultramar y el rojo
extraño como un incendio. Observen
su rostro, se llama féretro luminoso
de su puro; a la izquierda, el halcón
anuncia que el alma emprende el vuelo,
al fondo el río, casi un hilo,
se pierde. Es forma la pintura.

Ella hacía ganchillo, puntillas para sábanas, le resultaban difíciles los gestos por la artrosis, sus largos dedos agudos. -Éstas de arañas son las más guapas -dice-, son las que más me gustan, aunque tengo una pena muy grande por el nenín. Un día, antes de caer enfermo, tenía una araña
roja en la espalda, muy grande, así -y señala con el puño el tamaño-, casi no podía arrancársela, y después le salieron aquellas ronchas rojas. Pensé si se habría muerto por eso, pero no, tenía endocarditis aguda, el médico lo
dijo, como si el corazón se fuera haciendo más grande cada vez y no cupiera en la caja. Era por la miseria. Yo traía brazadas de habas a la cocina para deshacerlas allí y con ellas venían arañas. Todo era trabajar y trabajar-. Se calla, sigue con la aguja y el larguísimo hilo, -¿no te gustan a
ti?-. Es morena, tiene ojos oscuros de pájaro desarbolado. El amor, arañas bajo los ojos, féretro de su puro, decía.

Si falla
la memoria, todo quiebra;
Si es escasa, empero,
significa: aquel valle
tan dulce y tan sombrío.

De "Caza nocturna" 1997

Olvido García Valdés



La caída del Ícaro

1
Los atardeceres se suceden,
hace frío
y las casas de adobe en las afueras
se reflejan sobre charcos quietos.
Tierra removida.
Los atardeceres se suceden,

Cézanne elevó la «nature morte»
a una altura
en que las cosas exteriormente muertas
cobran vida, dice Kandinsky.
Vida es emoción.
Pero quedará de vosotros
lo que ha quedado de los hombres
que vivieron antes, previene Lucrecio.
Es poco: polvo, alguna imagen tópica
y restos de edificios.
El alma muere con el cuerpo.
El alma es el cuerpo. O tres fotografías
quedan, si alguien muere.

También un gesto inexplicable,
discolo para los ojos, desafío,
erizado. Cuerpo es lo otro.
Irreconocible. Dolor.
Sólo cuerpo. Cuerpo es no yo.
No yo.

Lo quieto de las cosas
en el atardecer. La quietud,
por ejemplo, de los edificios.
El ensombrecimiento
mudo y apagado.

Como ojos,
dos piedras azules me miran
desde un anillo.
Los anillos
cuidadosamente extraídos
al final.
Como aquél de azabache y plata
o este otro de un pálido, pálido rosa.
Rostros y luces
nitidamente se reflejan en él.

En la noche corro por un campo
que desciende, corro entre arbustos
y choco con algo vivo
que trata de ovillarse, de encogerse.
Es un niño pequeño, le pregunto
quién es y contesta que nadie.

Esta respiración honda
y este nudo en la pelvis
que se deshace y fluye. Esto soy yo
y al mismo tiempo
dolor en la nuca y en los ojos.

Terminada la juventud,
se está a merced del miedo.

2
Verde. Verde. Agua. Marrón.
Todo mojado, embarrado.
Es invierno. Es perceptible
en el silencio y en brillos
como del aire.
Yo soy muy pequeña.
Un cuerpo caminando.
Un cuerpo solo;
lo enfermo en la piel, en la mirada.
El asombro, la dureza absoluta
en los ojos. Lo impenetrable.
La descompensación
entre lo interno y lo externo.
Un cuerpo enfermo que avanza.

Desde un interior de cristales muy amplios
contemplo los árboles.
Hay un viento ligero, un movimiento
silencioso de hojas y ramas.
Como algo desconocido
y en suspenso. Más allá.
Como una luz
sesgada y quieta. Lo verde
que hiere o acaricia. Brisa
verde. Y si yo hubiera muerto
eso sería también así.

De "Exposición" 1979

Olvido García Valdés

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